14.8.2018
 
Artículos / Opinión
Marcos Novaro
Mauricio Macri en el «experimento Bariloche», entre los inversores y la RAM
Por Marcos Novaro
23 de julio de 2018
(TN) Corremos riesgos demasiado serios como para que cada quien no se haga cargo de lo suyo: el gobierno, del debilitamiento de su promesa de cambio, y la oposición, de su dificultad para ofrecer algo mejor que un diagnóstico de catástrofe y la alternativa de volver para atrás. Bariloche ojalá ayude a ambos a reflexionar.
 

(TN) La escena que ofreció la visita presidencial a San Carlos de Bariloche pinta de modo bastante fidedigno el desfiladero por el que debe avanzar el gobierno nacional. Es más, dicha ciudad y su entorno parecen haberse vuelto -de un tiempo a esta parte- el laboratorio en que se experimenta en pequeña escala el conflicto que agita al país entero, y que el macrismo debe resolver si quiere tener algún futuro.

La escena a la que aludimos tuvo dos caras contrapuestas. De un lado, vimos a Macri reuniéndose en esa ciudad con inversores deseosos de expandir la actividad turística en la región. El Presidente les prometió destrabar negociaciones que las disputas políticas locales vienen complicando y demorando. Es claro que su intención es mostrar que lugares del interior como ese no tienen el ánimo tan por el piso como la zona metropolitana. Que hay allí sectores dinámicos beneficiados con la devaluación, los vuelos low cost y demás cambios voluntaria o involuntariamente introducidos por su administración. Y que esta va a seguir apoyándolos, porque entiende que esos sectores dinámicos son los que pueden hacer crecer de nuevo la economía nacional y representan su futuro.

Mientras tanto, grupos mapuches radicalizados que ya no se hacen llamar RAM, pero hablan, hacen y aspiran a lo mismo que la RAM, aprovecharon el inicio de la temporada invernal para mostrar que pueden hundir a Bariloche y sus cercanías en un caos tal que espante tanto a inversores como a turistas. Y probarle de paso a la periferia pobre de esa ciudad, en gran parte compuesta por mapuches, que ni esas inversiones ni el turismo significan para ella un futuro mejor. Son solo negocios de los blancos y los ricos, para que disfruten otros blancos y ricos.

Parte de la tensión entre las dos caras del “experimento Bariloche”, como se ve, se vincula con la vieja discusión sobre el “derrame”. Todo indica que la temporada en los centros de ski será un éxito. ¿Los beneficios van a derramar lo suficiente en las ciudades involucradas y sus periferias como para probar que la economía privada también puede integrar a los peor situados, y además, hacerlo de forma más productiva y sustentable que el clientelismo estatal? Habrá que ver.

Pero eso es solo una parte del asunto en danza. Se completa con un test de confianza para las capacidades del gobierno nacional. La exigencia es generar dos tipos de certidumbre, a la vez y lo más rápido posible: una económica y otra política. Si bien ambas pueden realimentarse entre sí, de momento, en su escasez, tienden más bien a conspirar una contra la otra.

La confianza en su capacidad de controlar las variables económicases imprescindible para que los inversores no se alejen, consideren las condiciones reinantes como parámetros que seguirán vigentes por un buen tiempo y asuman que representarán rentabilidad para sus negocios. Y la confianza política depende, por su parte, de la certidumbre en que la oposición seguirá dividida y él va a ser reelecto.

Ahora bien: esta última, la confianza política, depende de que se restablezca un cuadro de competencia polarizada que hasta aquí benefició al oficialismo, y que puede seguir haciéndolo pese a su debilitamiento, si enfrente tiene adversarios también más débiles, que le permitirán conservar su ventaja estratégica. Pero para eso no basta con que la oposición siga dividida: conviene también que predominen en ella facciones radicalizadas, estructuralmente minoritarias, de esas que además de espantar inversores espantan al grueso de los votantes.

Facciones como las que precisamente vimos actuando estos días en Bariloche: encapuchados tirando molotovs contra funcionarios judiciales y policías en las inmediaciones del hotel Mascardi, los mismos u otros encapuchados irrumpiendo por la fuerza en las oficinas de Parques Nacionales, cortando la ruta con más muestras de violencia. Un par de visitas más de Macri en un marco como ese y no habría estructura territorial del PJ ni de cualquier otro grupo opositor que aguante.

Pero ¿qué sucedería si esa protesta radicalizada lograse arrastre de masas, si empalmara con el malhumor social que están alimentando la suba de precios y las señales de caída de la actividad económica? En vez de un círculo virtuoso entre confianza política y económica crecientes, como el que funcionó en la segunda mitad del 2017, tendríamos uno vicioso. En ese escenario, la confianza en que el gobierno controle el conflicto social disminuiría, también la expectativa de reelección y -a causa de ello- la previsión de que la economía repunte alimentando así peores pronósticos sobre la situación social y la estabilidad política. La tentación de lograr algo por el estilo es demasiado grande para dejarla pasar, y no solo para los mapuches radicalizados, también para sus parientes de otros lugares del país.

En este sentido, que el “experimento Bariloche” arroje resultados virtuosos y no viciosos y se tome debida nota de sus lecciones, puede ser de gran importancia para lo que se viene. Porque es un anticipo del tipo de pruebas que tal vez enfrenten el gobierno y el sistema político en su conjunto en los próximos meses, en otras regiones del país, incluido el conurbano bonaerense. Allí grupos de choque dispuestos a poner a prueba la capacidad de reacción de las autoridades nacionales no faltan, como se pudo comprobar en diciembre pasado. Y además hay un liderazgo y una estructura territorial dispuestos a ofrecerse para recoger los pedazos de una crisis más grave que esa. Una en la que, en serio, “la patria esté en peligro”.

Una de esas lecciones que habría que aprender, según los críticos moderados del gobierno, es que es este el que promueve la polarización, porque esta termina siendo la principal -si no la única- razón de su supervivencia. Con todo, sería por lo menos exagerado decir que la RAM y sus ramificaciones han sido un invento del oficialismo, o que él las infló como “enemigo ideal”. Así como lo es atribuirle la actitud incendiaria de grupos políticos, sindicales y “movimientos sociales” que se disfrazan de bomberos en otros lugares del país; o la persistencia de la figura de CFK y el fracaso en instalarse de figuras más moderadas en el espacio de la oposición.

Corremos riesgos demasiado serios como para que cada quien no se haga cargo de lo suyo: el gobierno, del debilitamiento de su promesa de cambio, y la oposición, de su dificultad para ofrecer algo mejor que un diagnóstico de catástrofe y la alternativa de volver para atrás. Bariloche ojalá ayude a ambos a reflexionar.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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