14.8.2018
 
Artículos / Opinión
Patricio Navia
La torre de inclusión social y la especulación inmobiliaria
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
18 de julio de 2018
(El Líbero) Ya que las políticas de inclusión debieran hacerse mejorando las condiciones de vida de los menos afortunados preferiblemente sin dañar las condiciones de vida de los que más tienen, parecería más razonable generar incentivos de mercado para que disminuya la brecha que hoy existe en favor de las personas que viven en el barrio alto.
 

(El Líbero) En las últimas semanas, tanto la decisión del alcalde de Las Condes Joaquín Lavín de construir una torre de inclusión social como las declaraciones del diputado frenteamplista Gonzalo Winter criticando la llegada del metro a la popular comuna de La Pintana (por la presumible especulación inmobiliaria que eso generaría) pusieron en el debate el efecto de las políticas públicas sobre el valor de las propiedades. Ya que las políticas de inclusión debieran hacerse mejorando las condiciones de vida de los menos afortunados preferiblemente sin dañar las condiciones de vida de los que más tienen, parecería más razonable generar incentivos de mercado para que disminuya la brecha que hoy existe en favor de las personas que viven en el barrio alto. Porque ninguna iniciativa de construir edificios para sectores de bajos ingresos en el barrio alto solucionará los problemas en los sectores populares, tiene más sentido invertir mucho más en mejorar la calidad de vida en los sectores marginados. El objetivo de una sociedad desarrollada es que la gente pueda tener la misma calidad de vida que hoy existe en el barrio alto sin tener que cambiarse de comuna.

El debate sobre la segregación territorial que existe en Chile ha estado lleno de comparaciones injustas, aseveraciones falsas, declaraciones voluntaristas de buena intención e injustificados miedos de los que creen que se verán negativamente afectados. El mejor ejemplo de que, cuando se trata de políticas de integración territorial, la ideología a menudo remplaza los razonamientos razonables y bien fundados provino de las declaraciones del diputado frentamplista Gonzalo Winter, quien criticó la extensión del metro a La Pintana porque “de inmediato arranca especulación inmobiliaria y aumenta valor del suelo”. Como si el valor del suelo no fuera a beneficiar a la gente que es dueña de sus casas en La Pintana, Winter parece creer que el desarrollo inevitablemente produce desigualdad, por lo que parece preferir igualdad en la pobreza que desigualdad en la riqueza.

Pero las reacciones desmedidas también han venido desde la derecha. El exdiputado José Antonio Kast criticó la “torre de integración social” al calificarla como una estrategia de Lavín de posicionar sus aspiraciones políticas. Es cierto que vivir en esa torre será el equivalente de experimentar la lógica de inclusión simbólica que muestra la película Machuca—sobre el ingreso de niños de sectores populares en colegios de elite en la Unidad Popular (1970-73). Si bien la intención era loable, la integración social forzada desde arriba genera un rechazo en la gente que no quiere ser conejilla de indias en experimentos de integración social y tampoco ayuda mucho a los supuestos beneficiarios que terminan siendo víctima de estereotipos del resto de la sociedad.

Las voces más razonables han pedido políticas más amplias de integración. Después de todo, lo que necesitamos es que mejore la calidad de vida donde ahora vive la gente, no que el sueño de Chile sea que todos vivan en Las Condes. La inversión pública que permita la llegada del metro a todas las zonas urbanas de Santiago ayudará a mejorar la conectividad y disminuirá los costos para que la gente mejore sus ingresos. El sistema de educación municipal ya permite a los padres que matriculen a sus hijos en cualquier colegio público de cualquier comuna del país—cuestión que es imposible en muchos de los países de la OECD, donde es obligatorio matricular a los hijos en los colegios de los barrios en que se vive (por lo que la discusión por la integración territorial toma una importancia distinta). Es esencial que mejore la calidad de los servicios públicos en las comunas de menos ingresos—salud, educación, seguridad ciudadana, parques y áreas verdes, infraestructura, servicios y comercio. En la medida que la gente que hoy vive en zonas de menos ingresos mejore sus ingresos, ellos mismos ayudarán a levantar la calidad de vida de sus barrios. Es verdad que aumentará el valor del suelo y que esas zonas comiencen a crecer hacia arriba, pero es inevitable que cuando las comunas representan mejores lugares donde vivir, más gente quiera vivir en ellas.

Como buen experto en estrategias comunicacionales, el alcalde Lavín ha levantado un tema de debate. Bien por él. La forma en que lo hizo subraya las fortalezas y debilidades que tiene la buena comunicación política —hablarle al país a costa de convertir a los afectados en caricaturas de un debate complejo. Pero no olvidemos que ninguna política de construcción de simbólicas torres de inclusión social logrará solucionar el verdadero problema de la segregación territorial en Chile. El problema no está en llevar los pobres a Las Condes; está en lograr que las comunas de menos ingresos tengan tal calidad de vida que nadie tenga que cambiarse para vivir como hoy se vive en las de mayores ingresos.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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