23.11.2017
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Río Turbio: ícono del voluntarismo nostálgico, además de la corrupción
Por Marcos Novaro
6 de julio de 2017
Marcos Novaro
(La Nación) Cerrar la mina inmediatamente después del accidente hubiera sido lo más razonable, claro. Pero debió sonarles muy menemista, o peor, thatcherista. Así que siguieron vendiendo humo con la bandera de la «generación de 4000 puestos de trabajo», la «diversificación de la matriz energética» y cosas por el estilo.
 
 

(La Nación) Tal vez se vuelva uno de los casos más demostrativos del carácter estructuralmente corrupto del kirchnerismo. Aunque compite por subir a ese podio con varios otros episodios de escalas parecidas, o hasta mayores. Lo seguro, en cambio, es que ofrece uno de los ejemplos más patentes de su irracionalidad, su mala costumbre de invertir enormes esfuerzos en proyectos sin futuro. Una propensión bien de los Kirchner, aunque también en parte de los argentinos en general.

La Justicia aún debe probarlo, pero por lo que ya se sabe es muy probable que de los 26.000 millones que el estado destinó a esa mina de carbón moribunda entre 2005 y 2015 unos cuantos hayan terminado en los bolsillos de funcionarios kirchneristas y empresarios amigos. Con toda la gravedad que ese posible delito tendría, que no es para nada la idea minimizar o relativizar, ello no debería opacar otro costado tan o más preocupante del asunto: aun si no se hubieran robado un peso, igual todo ese dinero público invertido iba a ser plata tirada.

La producción de carbón no podía crecer lo suficiente para sostener la enorme planta de energía que se construyó cerca de la boca de pozo. La vía férrea que une la mina con Río Gallegos, y que se puso de nuevo en funcionamiento como parte de un también delirante proyecto turístico (sólo operó en verdad el día de la inauguración) podría eventualmente transportar carbón importado, pero a un costo altísimo. Cuando estas dificultades se volvieron palmarias se modificó la usina eléctrica para quemar gas, pero también eso iba a ser carísimo y requería de más inversiones para concretarse. Mientras tanto, la cada vez más numerosa e improductiva planta de personal creada alrededor de la mina insumió una porción creciente del flujo de dinero provisto desde Buenos Aires, que por lo tanto nunca alcanzaba. Y que se quiso garantizar ad eternum recreando por ley la mastodóntica Yacimientos Carboníferos Fiscales con un presupuesto multimillonario. El proyecto fracasó, por un pelito, el 9 de diciembre de 2015.

¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué primero Néstor, después Cristina y todo el tiempo sus peones Julio De Vido y compañía se empecinaron en montar semejante gastadero de plata? ¿Sólo para robar? ¿Acaso no hubieran podido robar lo mismo o incluso más con un emprendimiento que funcionara?

Una explicación posible es que se sintieron compelidos a hacer algo por los 16 trabajadores muertos de 2004, en el peor accidente minero de la historia nacional, y una vez montado el plan "rescatemos Río Turbio", ya no tuvieron forma de salir con elegancia del lío en que se habían metido. Hubiera exigido reconocer el error. Así que siguieron adelante, poniendo más y más plata para disimularlo. Cerrar la mina inmediatamente después del accidente hubiera sido lo más razonable, claro. Pero debió sonarles muy menemista, o peor, thatcherista. Así que siguieron vendiendo humo con la bandera de la "generación de 4000 puestos de trabajo", la "diversificación de la matriz energética" y cosas por el estilo.

Intervino también seguramente el sesgo voluntarista. Si las cuentas no cerraban, mejor todavía. Montar un negocio rentable lo hace cualquiera. Lo realmente heroico es crear uno que todos consideren inviable. Había que demostrar que la política sometía a la economía, que con decisión y liderazgo alcanzaba para hacer realidad los sueños, cualquier sueño. Y la realidad se prestó por un buen tiempo, sino para ratificar tal pretensión, al menos sí para dejarla hacer. Gracias a ello llegan a nuestras manos hoy las fotos de enormes naves industriales, tuberías y chimeneas enmarcadas por unas pocas casas y unos cables de alta tensión en medio de la estepa patagónica. Es cierto que ahora puede sospecharse que es puro cartón pintado, una maqueta cuya utilidad social es cercana a cero, y que conviene dejar que se olvide y se oxide antes de seguir manteniéndola mucho más tiempo. Pero no se podrá evitar que en ello haya una buena dosis de resignación, renuncia, la gris tarea de un contable frente a la obra glamorosa de los Fitzcarraldos de las pampas, en una batalla que se sigue y seguirá librando en este y en muchos otros frentes. Incluido el electoral.

Lo que se conecta con una última explicación: por regla general la nostalgia y su estética pagan entre nosotros más que la efectividad y la innovación; y los Kirchner lo sabían muy bien.

¿Qué hubieran debido hacer los pocos cientos de mineros que en 2004 sobrevivían malamente en Río Turbio, tras la sintomática tragedia de sus 16 compañeros? Seguro que con una centésima parte de lo que se terminó gastando en que siguieran siendo mineros del carbón se les podría haber financiado holgadamente su reconversión a alguna actividad rentable, otra inversión minera, turismo, pesca, petróleo, construcción, lo que fuera. Pero cambiar tenía sus riesgos. Y en su ánimo debió pesar la historia y su lugar en el mundo. El hecho de que desde hacía décadas figuraba en los libros de geografía de todas las escuelas del país como nuestra única mina de carbón, la más austral, bien lejos y cerca de la frontera, y corrían el peligro de perder ese privilegio y esa identidad. Los Kirchner, por su parte, alimentaron esas imágenes y esa nostalgia porque eran nutrientes útiles para su proyecto, una restauración con rostro progre y nacionalista que deseaban hacer pasar por el cambio que el país necesitaba, y que consumiría nuestras energías por más de una década.

Que encima lo hayan hecho mientras se llenaban los bolsillos fue, obvio, aun peor. Pero lo que realmente todavía necesitamos entender es cómo lograron movilizar nuestra vocación por el absurdo y la irracionalidad durante tanto tiempo, y con costos tan enormes.

Fuente: La Nación (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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