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¿Pueden ahora Macri y Vidal arrasar en la Provincia?
Por Marcos Novaro
18 de junio de 2017
Marcos Novaro
(TN) Cuál de las dos caras impere, la buena campaña o la mala estrategia de Cristina, dependerá de lo que haga el oficialismo. Finalmente son los gobiernos los que ganan o pierden las elecciones. Y el nuestro corre el riesgo de hacer como en 2015, desaprovechar una buena estrategia con una campaña desteñida, sin pasión.
 
 

(TN) Los resultados de octubre son todavía difíciles de predecir. Pero de todos modos es indudable que las chances de que al Gobierno le vaya entre bien y muy bien han aumentado. Por mérito propio, al haber sostenido el rumbo cuando entre febrero y marzo parecía que todo se complicaba. Y más todavía por demérito de los demás.

"Que le vaya bien" puede significar, por otro lado, muy distintas cosas. Puede conseguir algunas bancas más de diputados y sobre todo en el Senado, pero sin alterar demasiado la actual relación de fuerzas, con éxitos puntuales en algunas provincias pero una persistente debilidad en otras, sobre todo el norte y el sur. O puede, en el mejor de los casos, fortalecer su ventaja en Diputados, debilitar el control omnímodo que ejerce ahora el PJ en el Senado (quitarle su quórum propio) y dispersar más aun las fuerzas de sus adversarios. Este segundo escenario es una posibilidad remota. Pero no inviable. Y cambiaría realmente las cosas. Para empezar le ofrecería la posibilidad de negociar en muchos mejores términos las leyes que viene agendando, la reforma tributaria, reforma política (frustrada a medias), los cambios educativos, entre otros.

Si en los últimos días aumentó la probabilidad de que algo así suceda se debió en gran medida a la inesperada decisión de Cristina Kirchner y su sector de fragmentar más de lo que ya estaba la oferta peronista bonaerense. Con lo cual ella ahora corre el riesgo de dejar de competir por el primer lugar y pasar a hacerlo con Sergio Massa por el segundo. Así, aunque no es lo más probable, tampoco es inimaginable que la señora quede fuera del Senado, y si eso sucediera no podrá evadir su responsabilidad en el resultado. El kirchnerismo terminaría de convertirse en una secta en el margen izquierdo del peronismo y del espectro político.

Encima, aun cuando consiga su banca en la Cámara Alta, Cristina no podrá evadir otros costos. Ha dañado no sólo los puentes que la unían con la estructura del peronismo de su distrito, sino también los que la vinculaban con el del interior. Puentes que ya venían debilitándose, por la decisión de los gobernadores y demás jefes territoriales de tomar distancia de su liderazgo. Ante lo cual la exjefa parece haber reaccionado con la lógica de un desplante adolescente: "¡Ah!, ¿no respetan ya mi reinado? ¡Miren lo que vale para mí su pragmatismo y su vetusto pejotismo!". En el juego del desprecio es claro que no hay quien le gane. Pero los despreciados tienen ahora más motivos que antes para responsabilizarla también por cada dificultad que enfrenten, que en octubre pueden ser muchas. Cristina se ha puesto así en la situación de funcionar como una perfecta cabeza de turco si también a sus exsubordinados les va mal.

Hay quienes han interpretado que Cristina va siguiendo con sus pasos las sugerencias de Jaime Durán Barba: ambos estarían actuando bajo el influjo de la misma idea, que la nueva política puede prescindir de los viejos partidos, que a los votantes no les interesan en lo más mínimo los sellos, entre otros temas. Sólo que lo hace con una brutalidad que seguramente escandaliza al asesor ecuatoriano, y a la vez le ahorra trabajo. Y en un terreno y condiciones que exigen de esa visión mucho más de lo que ella puede dar: en una elección eminentemente distrital como esta, los jefes locales tienen mucha más importancia que en una presidencial; y una cosa es despreciar los sellos cuando se tiene detrás el poder del estado nacional y una opinión pública entusiasta (como fue el caso de Cristina y Néstor Kirchner frente a Eduardo y Chiche Duhalde en 2005) y otra hacerlo desde el llano y con una imagen negativa del carajo. Pero bueno, son sutilezas que la señora no debió tener tiempo ni ganas de considerar.

Como sea resta la pregunta de por qué lo hizo, ¿por qué, si podía ganarle a Florencio Randazzo caminando y asegurarse el apoyo masivo de los intendentes del PJ, incluso en el interior provincial, garantizándose así seguir siendo la única figura del peronismo orgánico de alcance nacional, renunció a ello para mantener en torno suyo solo a los más fieles y fanáticos? La idea que subyace es tratar de mostrar, justo cuando el resto del partido va dejando en el olvido al Frente para la Victoria, que el kirchnerismo, con nuevo nombre, puede seguir trascendiendo al pejotismo. Pero aun aceptando la razonabilidad de esa idea, ¿por qué ponerla en práctica con tal inflexibilidad, corriendo tantos riesgos, sometiendo al liderazgo que la expresa a una prueba de matar o morir?

En parte debió influir el entorno. Y el de Cristina se ha empobrecido mucho: ya no habla con nadie capaz de discutirle; lee todos los diarios, dicen, pero seguro que al único que le cree es a Página|12, y con esa tóxica mirada en mente planifica sus pasos con Máximo Kirchner y Oscar Parrilli, ni siquiera con Carlos Zannini. El resultado no podía ser bueno.

Influyó seguro también la deslealtad incurable del peronismo. Cristina descontaba que muchos jefes territoriales, sobre todo del interior bonaerense, iban a hacer un juego ambiguo: figurarían sonrientes en su lista pero por abajo ayudarían a Randazzo con candidatos, fiscales y recursos. La preferencia por los fieles no pejotistas y el despectivo regalo del sello partidario a su exministro cree que es la respuesta que se merecen, y la más adecuada para trazar una frontera entre "lo nuevo y lo viejo". Otra vez, al estilo Durán Barba. Sólo que en malas condiciones para que funcione. Porque lo cierto es que, antes que impedir el juego ambiguo y oportunista que tanto teme, lo ha estimulado. A los intendentes les importará menos que antes quién gane, y si para hacerse del mayor número posible de concejalías y bancas provinciales tienen que cooperar con Randazzo y hasta con Massa lo van a hacer. Así, en suma, Cristina creó una situación inversa a la que con su marido lograron en 2005.

Por último debió operar sobre el ánimo de la exjefa la necesidad de compensar su ego herido. Como ha tenido que resignarse a ser candidata para que no se le desbande del todo la tropa, pero eso la rebaja a intervenir en una elección legislativa donde tiene poco y nada que ganar, para tragarse el disgusto impuso todas las condiciones que se le pasaron por la cabeza. De allí su pretensión de forzar una unidad que terminó actuando como feroz máquina de expulsión y fragmentación, y luego de convocar a todos terminó echando a Randazzo y hasta a Luis D'Elía. Un total despropósito práctico, pero un bálsamo para el descompensado ánimo de la reina en decadencia.

Con todo Cristina siempre ha sido una talentosa candidata. Y seguro hará una campaña eficaz: mucha pasión, mucho amor, nada que la identifique con el pasado. Su primer spot es una buena muestra de ello: parece hecho por y para María Eugenia Vidal. ¿Podría con eso compensar las fallas estratégicas de origen de Unidad Ciudadana?: de nuevo en línea con las sugerencias duranbarbistas, el nuevo frente apela a un votante pospolítico, posideológico, pero lo hace con un ánimo doctrinario tan excluyente que contradice esa misma apelación; así, mientras que su nombre podría seducir hasta a los votantes macristas, el programa que acompañó su lanzamiento parece el afiebrado apunte de un adolescente troskista. Resultado: ruido y confusión.

Cuál de las dos caras impere, la buena campaña o la mala estrategia de Cristina, dependerá de lo que haga el oficialismo. Finalmente son los gobiernos los que ganan o pierden las elecciones. Y el nuestro corre el riesgo de hacer como en 2015, desaprovechar una buena estrategia con una campaña desteñida, sin pasión.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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