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Freiler, Ducler, Odebrecht: una semana de alivio para la corrupción
Por Marcos Novaro
4 de junio de 2017
Marcos Novaro
(TN) El frustrado intento de juzgar y desplazar a Freiler fue, a este respecto, por lejos el episodio más lamentable de la semana, y el que más perjudicó al oficialismo, porque fue también el que más dependió de sus talentos y esfuerzos.
 
 

(TN) El pesimismo estuvo en alza esta semana y no fue para menos. El lunes el impresentable juez Eduardo Freiler zafó del juicio político. En público esa batalla el kirchnerismo residual la tiene totalmente perdida, pero le importó un pito y apañó al Oyarbide del momento, sin mosquearse por lo que opine la sociedad.

Entre el martes y el miércoles el Ejecutivo fracasó en sus intentos para que Odebrecht brindara información detallada sobre las coimas pagadas a funcionarios argentinos entre 2007 y 2014 y tras cartón, como ya era de esperar, los fiscales que viajaron a Brasilia volvieron con las manos vacías. Para completar un panorama desolador el jueves falleció en confusas circunstancias el financista Aldo Ducler, apenas horas después de prometer que develaría el misterio de las regalías petroleras de Santa Cruz, la trama de corrupción gracias a la cual los Kirchner financiaron su carrera a la presidencia.

Esta sucesión de hechos desafortunados abonó la tesis de que en Argentina no será posible hacer siquiera una mínima parte de lo que está haciendo Brasil en contra de la corrupción endémica. Así como la impresión de que el Gobierno carece de la fuerza de voluntad y/o de los instrumentos necesarios para torcer aunque más no sea en parte ese destino.

Y es que en los tres episodios se evidenciaron claras falencias del Ejecutivo. Si aparece un testigo potencial de la relevancia de Ducler, ¿no habría que protegerlo de inmediato? En la UIF dijeron que la oferta de colaboración no estaba debidamente firmada sino solo inicialada y por eso no se tomó en cuenta. Tal vez la verdad sea más bien que ni se dieron por enterados de la intención de Ducler hasta después de su muerte, por simple desidia burocrática.

Si ya era de prever que Brasilia no entregaría fácilmente la información disponible allá sobre las coimas pagadas en nuestro país, debido a que no tenemos leyes como las brasileñas que permitan disculpar a quienes colaboren con la Justicia, ¿por qué el Ejecutivo no advirtió antes sobre ese obstáculo, sobre la responsabilidad de la oposición kirchnerista en haber frustrado lo esencial del proyecto de ley del arrepentido el año pasado, y sobre la necesidad de insistir con ese proyecto así como con forzar a la empresa constructora a sellar un acuerdo específico?

En vez de eso se dejó estar, evitó el asunto durante meses, hasta que Elisa Carrió y el ejemplo de los demás países de la región (salvo Venezuela y Ecuador, como dijo el propio Macri en estos días, una más que incómoda compañía) le metieron presión. Claro que es infinitamente mejor tener un gobierno que reacciona tarde y sin plan ante los problemas de corrupción que uno que se dedica a sistematizarla y ocultarla por todos los medios imaginables.

Pero el riesgo que corre el primero es frustrar las expectativas de cambio en él depositadas, ya de por sí tímidas y condicionadas, y alimentar indirectamente las tesis cínicas de quienes lo que menos quieren es que se termine la joda y para evitarlo necesitan por sobre todo de la resignación colectiva: que se consolide la idea de que "esto siempre fue igual y nunca va a cambiar", que "es lo mismo el Correo que Odebrecht o Lázaro Báez, robar roban todos", y por tanto, que "ya que me van a robar, por lo menos que me den tarifas baratas y empleo público". Frente a argumentos como esos el kirchnerismo corre con ventaja porque no promete otra cosa, así que nadie va a reclamarle que sea honesto, y hasta puede sacar chapa por no ser hipócrita.

El frustrado intento de juzgar y desplazar a Freiler fue, a este respecto, por lejos el episodio más lamentable de la semana, y el que más perjudicó al oficialismo, porque fue también el que más dependió de sus talentos y esfuerzos.

Si es cierto que los funcionarios macristas se confiaron en contar con un voto en el Consejo de la Magistratura que nunca existió lo menos que cabría decir es que sobreestiman su capacidad de seducción y sus fuentes de información. Y si sabían que tal vez fracasarían pero prefirieron avanzar igual para dejar en evidencia la "complicidad de los kirchneristas" la conclusión a extraer sería aun peor: que no entienden lo frágil que es el campo de cambio.

Como le sucedió a Raúl Alfonsín frente a los sindicatos apenas iniciado su gobierno, en 1984, cuando fracasa un lance reformista lo primero que le sucede a un gobierno sometido a múltiples presiones y con muchos frentes abiertos al mismo tiempo es que crecen los incentivos para atender otras prioridades menos conflictivas o riesgosas, y adoptar un enfoque más concertado y modesto en el terreno en que sus intenciones se frustraron.

Esto no debería asombrar a nadie en el entorno de Mauricio Macri, porque en verdad ya tuvieron ocasión de experimentarlo en carne propia al comienzo de su periplo: a raíz de las críticas y contorsiones desencadenadas por el primer acto del nuevo gobierno en el frente judicial, el decreto presidencial designando a dos nuevos integrantes de la Corte Suprema, el macrismo perdió no sólo tiempo y legitimidad, sino la oportunidad de usar ese instrumento para un objetivo más razonable, por ejemplo desplazar a Alejandra Gils Carbó; a quien nada casualmente todavía siguen debiendo soportar. ¿Hacía falta algo más para advertir la necesidad de contar con un plan de acción más serio en este frente?

Por suerte durante la última semana también se hizo sentir la presión de Carrió, y varios jueces y fiscales tomaron medidas largo tiempo demoradas sobre algunos de los casos de corrupción más escandalosos de los últimos tiempos. Como para darnos alguna esperanza. Pero ya deberíamos saber que esa sola fuerza motriz no va a alcanzar.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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