23.10.2017
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Venezuela pasó del populismo al castrismo
Por Marcos Novaro
1 de abril de 2017
Marcos Novaro
(TN) Ahora el régimen chavista es más uniforme y decididamente autoritario. Ha quemado las naves que le hubieran permitido volver a practicar ese espíritu entre bonachón y jocoso con que Chávez solía acompañar incluso sus decisiones más arbitrarias y ofensivas. Ni Maduro ni Cabello podrán disimular ya la mezcla de lo ridículo y lo siniestro que desde su origen ha movido hacia delante este proyecto.
 
 

(TN) Las cosas en el país caribeño no podían salir peor. Pero visto a la distancia tal vez pueda decirse que no había muchas chances tampoco de que salieran mejor. El chavismo se ató ya varios años atrás al timón de su barco para que fuera muy difícil cambiar el rumbo de creciente radicalización. Y los militares, la burocracia del régimen y los aliados cubanos hicieron lo que faltaba para que ese curso terminara en dictadura.

La muerte de Hugo Chávez no significó un cambio sustantivo a este respecto, más bien aceleró el proceso: porque con el líder vivo su carisma y arrastre de masas todavía podían mantener en pie la ambigüedad populista un tiempo más, pero una vez reemplazado por los deslucidos Maduro y Cabello la represión y la clausura del juego democrático no podían esperar ya demasiado, a riesgo de una crisis aguda del régimen. Veamos por qué.

La deriva autoritaria ha sido la mejor solución para él, ante todo, porque le permitió “rutinizar el carisma” del líder ausente. La cuestión es importante no sólo para Venezuela. Es reveladora de ciertas particularidades de los regímenes populistas latinoamericanos, tanto los actuales como los que rigieron en el pasado, y explica las dificultades que ellos casi siempre encontraron para perdurar: y es que estos regímenes, aunque se basan en alguna medida en mecanismos electorales para legitimarse y reproducirse, combinan esos mecanismos con otros de origen plebiscitario, corporativo o directamente autoritario que les permiten limitar la competencia por el poder, tanto interna, entre los miembros del “campo popular”, como externa. La ambigüedad resultante de estos precarios arreglos institucionales tiende naturalmente a entrar en crisis cuando desaparece el único actor que es capaz de contener las tensiones resultantes, el líder carismático.

Chávez, en su doble condición de jefe militar y líder de masas, fue desde sus comienzos un caso ejemplar de prestidigitador de la ambigüedad. Por lo que no sorprende que su criatura, la república bolivariana, resultara en un sistema institucional muy intrincado, que sólo su voluntad podía hacer funcionar y darle una orientación más o menos definida. La mitificación póstuma del líder no resolvió el problema, sino que dejó ver los desafíos que se le planteaban a sus seguidores al respecto. Recordemos que, en vida, él se inspiró y referenció en Simón Bolívar y con más disimulo, pero también más pertinencia, en Juan Perón, Velasco Alvarado y otros caudillos militares populistas del siglo XX. Sin embargo, una vez muerto quienes aspiraban a heredarlo buscaron inspiración en una tradición más radical: la de Lenin, Mao y compañía.

Sucede que, para sobrevivir, los deudos de Chávez debían urgentemente institucionalizar los distintos y contradictorios roles que él cumplía. Y lo cierto es que las fórmulas comunistas eran las únicas que podían serles útiles en esta tarea. Aunque también ellas suponían alternativas difíciles de resolver. Para disipar los altos riesgos de desarticulación y fractura que corrían, los chavistas necesitaban que la autoridad se transmitiera en forma rápida e inapelable a otra persona o grupo que nadie ni dentro ni fuera del régimen pudiera desafiar. En suma, alguien que lograra hacer lo que Stalin hizo con Lenin, quitando toda autonomía y relevancia al Politburó; o lo que el Comité Central del PC Chino hizo con Mao, sustituyendo una autocracia personalista por el gobierno de un comité. Y las diferencias entre una situación y otra no son menores.

Por otro lado, el régimen debía resolver rápido qué hacer con quienes seguían resistiéndolo, cuyo número se incrementó por la crisis del petróleo precisamente en medio de ese delicado trance del chavismo. La cada vez peor situación económica no pudo ser sepultada bajo los fastos del entierro y la mitificación del líder, y aunque las elecciones siguientes consagraron a Maduro como nuevo campeón electoral, la manipulación estatal de la compulsa debió hacer mayores esfuerzos que en el pasado y era claro que ya no podría alcanzar en el futuro para asegurar el éxito en una competencia mínimamente libre, por lo que un endurecimiento manifiesto de las reglas de juego era inevitable, a menos que el régimen estuviera dispuesto a rendirse frente a la mayoría social.

Fue así que tanto la dinámica interna como la competencia externa impulsaron al chavismo a abandonar su hibridez. Para hacer lo que en su momento el primer peronismo hizo sólo a medias, eliminar la competencia pluralista de la escena e institucionalizar un régimen sin fecha de defunción.

Ya no alcanzaba con poner a los partidos de oposición en inferioridad de condiciones  identificando al oficialismo con el propio Estado, definir a sus enemigos como los del pueblo y de la patria, ni reemplazar las instituciones públicas, incluso las propias fuerzas armadas, por órganos abiertamente partidistas. Había que completar la revolución, crear un orden auténticamente “nacional y popular”. Y para hacerlo lo esencial fue controlar férreamente la fuerza “legítima”, completar el alineamiento de los militares, de las fuerzas de seguridad e inteligencia con la revolución a cualquier costo. En todo lo cual ayudaron decisivamente los asesores cubanos.

El régimen, de todos modos, también perdió buena parte de su legitimidad previa en el camino. Porque la ambigüedad populista le proveía, igual que al peronismo clásico, la plasticidad necesaria para comportarse en forma más autocrática o más democrática según las necesidades y conveniencias de cada momento; y según las demandas a atender y los desafíos a enfrentar. Todo eso quedó atrás. Ahora el régimen chavista es más uniforme y decididamente autoritario. Ha quemado las naves que le hubieran permitido volver a practicar ese espíritu entre bonachón y jocoso con que Chávez solía acompañar incluso sus decisiones más arbitrarias y ofensivas. Ni Maduro ni Cabello podrán disimular ya la mezcla de lo ridículo y lo siniestro que desde su origen ha movido hacia delante este proyecto.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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