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Macri se estabiliza en su línea de flotación. ¿Le alcanza?
Por Marcos Novaro
13 de febrero de 2017
Marcos Novaro
(TN) Él tendrá todavía la ventaja de estar en el centro del ring frente a una oposición fragmentada, que no logra disimular sus desacuerdos y desorientación. Y contará con la ventaja de que la medianía también domina los ánimos sociales: los que quieren resistencia o ajustazo son muy pocos, la gran mayoría aunque no está contenta con lo que enfrenta todos los días está aún menos convencida de dejarse llevar por grandes ilusiones. Quien mejor expresa esa moderación sigue siendo Macri.
 
 

(TN) 2017 arrancó con poco que festejar para el oficialismo. Pero también con poco que lamentar. Los cambios de funcionarios quedaron atrás y los días del verano se reparten, unos parecen la confirmación de que lo peor ya pasó y las cosas efectivamente van mejorando, otros lo contrario.

No será seguramente el año del despegue, de la lluvia de inversiones ni del plan de obra pública más impresionante de la historia. Pero tampoco un año de colapso, estallido ni, por tanto, cambio drástico de clima social. Lo más probable es que siga en esta medianía, un poco aburrida por cierto, pero que medido en comparación con las alternativas, un agravamiento de los desequilibrios del hace tiempo consumido ciclo populista o un ajuste draconiano de salarios, empleo, gasto público y alta conflictividad, todavía se justifica festejar. Si es que en verdad esta medianía va a la larga a sacarnos del atolladero, y no estamos simplemente perdiendo tiempo y demorando lo inevitable, podría cualquiera objetar desde la sociedad. Y si es ella eficaz, al menos, para conservar la relativa preeminencia política y electoral conquistada en 2015, agregaría un oficialista inquieto.

Lo cierto es que los pronósticos catastrofistas lanzados desde la oposición más dura, el kirchnerismo y demás, no se verificaron. Las masivas y macizas “perdidas de derechos” denunciadas suenan a gritos destemplados cuando se verifica que tras un año de recesión, devaluación y ajustes drásticos de tarifas, que nadie en su sano juicio puede considerar eran evitables, la pobreza creció tal vez 2%, y se perdieron entre el 1 y 2% de los puestos de trabajo del sector privado. No son buenas cifras para empezar un mandato, está claro, pero ¿es esa la diferencia entre el gobierno nacional, popular con modelo redistributivo y el neoliberalismo salvaje, el cielo era tener 32% de pobres y el infierno tener 34%? Demasiado sonso para tomarlo en serio.

Pero tampoco se verificaron los ultra optimistas de los cráneos del macrismo, esos que durante su primer semestre en el poder alimentaron la idea de salida sin grandes costos, y de que pasados esos primeros seis meses duros iba a salir un sol maravilloso para todos. La felicidad es a veces eso que nos perdemos mientras esperamos que lleguen los días de fiesta.

Como sea, el punto es que en una situación intermedia, gris, con luces y sombras, suele ser donde más definitorio resulta el arte político. Si la economía avanza como por un tubo no hay que esforzarse mucho con los argumentos, las alianzas ni la agenda. Néstor Kirchner en 2005, digamos. Si en cambio la economía se derrumba, por más que el gobierno haga muchas otras cosas bien es probable que el resultado no le sonría. Raúl Alfonsín en 1987.

Estamos en el medio, y ahí es donde los que compiten serán siempre más exigidos. ¿Seguirá pensando suficiente porcentaje de votantes que “la mayor parte de los problemas son heredados”, “hay que darle tiempo”, “comete errores pero se corrige”, etcetera? ¿O aun cuando las cosas no hayan ido tan mal se agotará la paciencia, se generalizará el voto arrepentido detrás de la idea de que podemos estar mejor y mucho más pronto por otro camino?

La medianía alcanzada tiene además otras implicancias, también problemáticas para el oficialismo. No es necesariamente una situación estable, pero parece serlo. Y en tal situación puede muy bien generalizarse la idea de que el gobierno no corre graves riesgos de debilitamiento, se ha consolidado. Con lo cual es difícil que vaya a funcionar el argumento del miedo, sea a volver para atrás, o a la ingobernabilidad o a un “salto al vacío”. Como con Carlos Menem en 1997, por caso.

Ese podía ser un recurso importante para Mauricio Macri siendo el suyo un gobierno en minoría, frente a un peronismo siempre oliendo sangre y más todavía si finalmente termina teniendo que lidiar con un juego de pinzas entre Cristina Kirchner, Sergio Massa, Margarita Stolbizer y otros más que se anoten. Pero su eficacia disminuye en un contexto en que todos se convenzan de que nada grave puede pasar.

Él tendrá todavía la ventaja de estar en el centro del ring frente a una oposición fragmentada, que no logra disimular sus desacuerdos y desorientación. Y contará con la ventaja de que la medianía también domina los ánimos sociales: los que quieren resistencia o ajustazo son muy pocos, la gran mayoría aunque no está contenta con lo que enfrenta todos los días está aún menos convencida de dejarse llevar por grandes ilusiones. Quien mejor expresa esa moderación sigue siendo Macri.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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Editorialista, diario La Nación

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