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Presidente y gobernadores, paritaria estatal y presión cegetista
Por Marcos Novaro
6 de febrero de 2017
Marcos Novaro
(TN) El Gobierno se alinea con los gremios, y difícilmente vaya a confrontar con ellos aunque se movilicen y paren. Puede que semejante muestra de heterodoxia no alcance para que a la administración macrista se la deje de ver como una demasiado atenta a la suerte de los ricos.
 
 

(TN) El año político va camino a ser bastante más conflictivo que el anterior. Y no sólo por el cruce constante de acusaciones entre oficialismo y oposición, el avance de causas contra la corrupción kirchnerista, y ahora también los primeros entuertos macristas, con Gustavo Arribas y Juan José Gómez Centurión haciendo punta a golpe de burradas indefendibles.

Se sumó ahora la CGT, con amenazas varias de paros y marchas que va a ser bastante más difícil que el año pasado dejar sin efecto o postergar. Entre otras cosas, porque esta vez el cronograma electoral urge a actuar incluso a los moderados en el gremialismo: salvo los sindicatos más enfrentados al gobierno, los afines al kirchnerismo o a la izquierda que no temen quemar puentes porque simplemente carecen de ellos, los demás no tienen seguramente mucho ánimo como para hacer huelgas ni movilizaciones en medio de la campaña de las legislativas, no vaya a ser encima que los identifiquen con aquellos , pero tampoco pueden dejar pasar todo el año sin hacer nada, de ahí el apuro por tomar la calle bien pronto, marzo a más tardar.

¿Cabe concluir de ello que la CGT va camino a abandonar su moderación, y que eso la empujará a una confrontación cada vez más dura con el Gobierno nacional? Esto depende, ante todo, de lo que haga el Gobierno ante estas presiones. Y por ahora no hay señales de que este vaya a ponerse mucho más duro en ese frente que el año pasado. Más bien al contrario: al menos respecto a los gremios que hoy controlan la CGT, grandes organizaciones del sector privado, tiene más motivos que en 2016 para mostrarse cerca de ellos y no tanto de los empresarios que deberán pagar los aumentos salariales que aquellos consigan. Principalmente porque las señales antiinflacionarias el Ejecutivo piensa darlas por otro lado, por el gasto público y con el retraso del dólar, y lo que sí necesita en el terreno de los salarios privados son nítidas señales que fortalezcan el consumo y la idea de que lo peor ya pasó, que empieza el relax propio de los tiempos de abundancia. Una exageración, claro, pero una muy útil en tiempos electorales.

Jorge Triaca quiso dejarlo bien en claro cuando días atrás le reprochó a los empresarios haber causado el retiro airado de la delegación cegetista, que había concurrido a su ministerio en lo que puede verse como primer round de las negociaciones tripartitas de año.

Otra señal bien distinta, pero en última instancia convergente, habían dado un poco antes los gobernadores peronistas cuando inauguraron la negociación con sus propios asalariados con el mismo criterio de poner un tope bajo e inflexible que había planteado ya el presidente, y comenzó por poner en práctica María Eugenia Vidal en su distrito: los empleados de provincias, igual que los de la nación y los municipios van camino a una paritaria difícil dada esta maciza decisión de prácticamente todos los que administran algo en el estado de que se respete a rajatabla el tope del 18%. Que pocos creen vaya a alcanzar para empardar la inflación, por lo que puede adelantarse que de allí no vendrá mayor impulso al consumo que digamos.

De un lado, el Gobierno nacional se alinea con los gremios, y difícilmente vaya a confrontar con ellos aunque se movilicen y paren. Puede que semejante muestra de heterodoxia en lo que toca a la economía privada no alcance para que a la administración macrista se la deje de ver como una demasiado atenta a la suerte de los ricos. Pero al menos sí va a poder compensar las complicaciones que del otro lado seguro ella tendrá con quienes reciben un sueldo estatal y con las organizaciones que los representan.

Si lograse sostener esta escena, el oficialismo podría ir a las elecciones con la idea de que su pacto desarrollista a pesar de todo prospera, que a diferencia de lo que hizo el kirchnerismo casi todo el tiempo, desde 2005 en adelante, él sí valora el aporte que hace cada sector a la productividad y el crecimiento general de la economía. Y que por más de punto que se le pongan los que aportan más bien poco, no va a abandonar ese rumbo y será capaz de mantenerlo.

Lo que también se justifica, aunque sea incómodo decirlo, por el hecho de que al menos por ahora para el macrismo los que están quedando de momento en el campo de los perdedores no sólo son votantes para él mayoritariamente inalcanzables, sino demasiado caros en términos de impacto inflacionario y no lo suficientemente útiles para mover el amperímetro del consumo.

¿Podrá el pacto desarrollista sacarlos de esa condición ofreciéndoles mejores empleos en la actividad privada? ¿Alcanzará la recuperación de este año para empezar a desandar un camino por el que casi diez años atrás se volvió lo más fácil y tentador para todo nuevo trabajador (y también para muchos viejos) entrar al sector público? Difícil.

Fuente: TN (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Marcos Novaro
Marcos Novaro
Es licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es director del Programa de Historia Política del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA, del Archivo de Historia Oral de la misma universidad y del Centro de Investigaciones Políticas. Es profesor titular de la materia “Liderazgos, representación y opinión pública” y adjunto regular de la materia “Teoría Política Contemporánea”. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Entre sus libros más recientes se encuentran “Historia de la Argentina 1955/2010” (Editorial Siglo XXI, 2010) e “Historia de la Argentina Contemporánea” (Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2006).
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