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Del mejor censo al mejor proceso constituyente de la historia
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
20 de enero de 2017
Patricio Navia
(El Líbero) Es verdad, como dijo Bachelet, que no parece haber experiencias internacionales similares al extenso proceso de focus groups que se realizó para reunir visiones de personas que voluntariamente participaron en los encuentros auto-convocados para discutir principios constitucionales. Pero eso debiera ser motivo de preocupación más que de orgullo.
 
 

(El Líbero) La forma en que el Gobierno de Bachelet ha defendido su proceso constituyente hace recordar la entusiasta defensa que hizo el Presidente Sebastián Piñera del fallido Censo de 2012. En ambos casos, la obsesión por tratar de reinventar la rueda llevó a un fracaso que terminó siendo altamente costoso para el país y que obligó a hacerlo todo de nuevo. Porque Bachelet se obstinó en impulsar un proceso constituyente sin primero buscar una reforma que permitiera a los chilenos decidir si querían una nueva Constitución o solo querían reformar la actual, ahora el Gobierno, debilitado por el síndrome del pato cojo, quiere meter un gol de último minuto forzando al deslegitimado Congreso a decidir sobre una cuestión tan delicada como una nueva Constitución cuando estemos en pleno período electoral.

Si bien es comprensible que todos los gobiernos quieran dejar huella, la obsesión por ser el mejor de la historia o por hacer cosas que nunca antes se habían hecho a veces lleva a impulsar reformas porque sí. Contraviniendo la lógica del “si no está roto, no lo arregle”, los gobiernos ocasionalmente buscan cambiar instituciones que funcionan relativamente bien. Dejando de lado cambios más necesarios e imprescindibles simplemente porque no son temas prioritarios en la población de forma permanente (como el Sename o el retrógrado sistema de notarios), se abocan a cuestiones en las que creen que pueden meter goles fáciles, sin pensar en los efectos a largo plazo.

La decisión del Gobierno anterior de querer convertir el censo de 2012 en “el mejor de la historia” terminó siendo un tiro por la culata para el discurso de eficiencia y buena gestión que privilegió esa administración. Cuando solo se precisaba hacer bien el censo, la presión por hacerlo más rápido y la creación de expectativas innecesarias sobre un procedimiento casi rutinario hizo que el Gobierno de Piñera pagara altos costos en su imagen pública.

De igual forma, el mal llamado proceso constituyente ha sido descrito por este Gobierno como una innovación metodológica a nivel mundial. La propia Bachelet, al recibir el informe “Bases ciudadanas para la redacción de la nueva Constitución”, declaró que “dimos origen a una metodología inédita que prestigia a nuestro país en el exterior. Lo hicimos y lo hicimos bien”.

Es verdad que no parece haber experiencias internacionales similares al extenso proceso de focus groups que se realizó para reunir visiones de personas que voluntariamente participaron en los encuentros auto-convocados para discutir principios constitucionales. Pero eso debiera ser motivo de preocupación más que de orgullo. Porque las Constituciones llevan varios siglos rigiendo las formas en que se organizan políticamente los países, hay buenas razones para pensar que no hay muchos espacios para la innovación respecto de cómo se hacen las nuevas cartas. Como ya son miles las Constituciones que se han redactado y promulgado en más de 200 países a lo largo de los últimos dos siglos, los espacios para la creatividad son bastante limitados.

Además, la metodología que tanto enorgullece a Bachelet se centró en incentivar una discusión sobre derechos y valores, no sobre reglas de funcionamiento de las instituciones. Igual que una familia que discute los detalles de una nueva casa y se preocupa del tamaño de las piezas y ventanas, ignorando si las vigas podrán sostener el techo o si los cimientos son lo suficientemente sólidos, el Gobierno de Bachelet transformó el debate constitucional en una discusión sobre el país que queremos tener y no sobre cómo llegar a construirlo.

Desde el retorno a la democracia, la Concertación ha tenido dificultades para aceptar que la transición se construyó a partir de las reglas que impuso Pinochet. Felizmente para Chile, hemos podido construir una democracia saludable y pujante pese a los amarres que dejó Pinochet y a los enclaves autoritarios, que se eliminaron poco a poco. Hoy nuestra Constitución es mucho más legítima que nunca antes. Si bien su origen es autoritario –igual que las de 1925 y 1833—, se ha legitimado en su ejercicio. Pero algunos en la Nueva Mayoría todavía siguen pegados en el origen del texto. Sus objeciones tienen más que ver con el momento fundacional de la nueva Constitución que con el contenido actual. De ahí su obsesión de remplazarla por otra sin saber muy bien qué artículos e instituciones quieren reinventar.

Independientemente de los méritos que tenga la histórica demanda de la NM por remplazar la Constitución de Pinochet, esa obsesión por querer vestir una iniciativa como la mejor de la historia o como metodologías inéditas que buscan reinventar la rueda solo desnuda las debilidades e inseguridades de quienes tan entusiastamente hacen la autopromoción.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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