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Altas expectativas para Bachelet
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
18 de diciembre de 2013
Patricio Navia
(Buenos Aires Herald) Siendo el país con el más exitoso historial económico en las últimas dos décadas, Chile representa un enigma para muchos observadores. El país está claramente haciendo las cosas bien, excepto por la campaña de los candidatos en las promesas de transformaciones radicales. Aunque persisten los altos niveles de desigualdad, la pobreza ya no es un problema acuciante. Las demandas de la gente por la educación gratuita han puesto al gobierno de Piñera contra la pared, pero esas demandas también constituyen una prueba innegable de que los chilenos se preocupan por cosas que deberían ser consideradas lujos en otros países de Latinoamérica.
 
 

(Buenos Aires Herald) Después de un rotundo triunfo en la segunda vuelta, Michelle Bachelet tendrá poco tiempo para saborear su dulce triunfo sobre la candidata de la derecha Evelyn Matthei. Aunque su debut será a partir del 11 de Marzo de 2014, la Presidente electa tendrá que empezar a abordar las altas expectativas que ha generado su segunda presidencia.

Hace cuatro años, cuando ella dejó el cargo con una aprobación del 80 por ciento, mucha gente creyó que Bachelet ya era un número puesto para reemplazar a Sebastián Piñera, el primer presidente de derecha desde la restauración de la democracia en 1990. En medio de críticas por el mal manejo de su gobierno tras el terremoto de 2010, Bachelet optó por mantener un perfil bajo hasta que aceptó el cargo de directora de ONU mujeres. Durante más de dos años que ella estuvo viviendo en Nueva York, Bachelet fue capaz de mantenerse alejada de la política cotidiana. Ella no estaba en Chile cuando estallaron las protestas estudiantiles en el 2011 y no sufrió el creciente descontento con los partidos y dirigentes políticos tradicionales.

Cuando Bachelet regresó en marzo de 2013 para convertirse en candidata presidencial, ella misma había logrado posicionarse como una líder trascendental. El marcado contraste entre su figura agradable y la distante y a menudo excesiva personalidad de Piñera ayudó aún más a su buena reputación entre los chilenos. Bachelet encabezó en todas las encuestas la intención del voto desde su campaña no oficial que se inició inmediatamente después de su llegada. La baja popularidad del presidente Piñera y las dificultades que tuvo la coalición de derecha en la búsqueda de un candidato presidencial hizo que la elección ratificara a Bachelet como la próxima presidente. Sin embargo, aunque su coalición recibió un rotundo triunfo en las elecciones legislativas del 17 de noviembre, Bachelet terminó con tres por ciento menos de lo necesario para ganar con una clara mayoría en la primera ronda de votación. Aunque la votación fue decepcionante, ya que casi duplicó el número de

votos de la segunda Evelyn Matthei, y como la mayoría de los otros votos fueron para los candidatos más de izquierda que Bachelet, la segunda vuelta fue una conclusión inevitable.

Bachelet hizo una campaña intensa para convencer a sus partidarios a que aparezcan y voten el 15 de diciembre. Aunque Bachelet la llamó una elección transformadora, sólo cuatro de diez chilenos aparecieron en los recintos de votación. Los opositores de Bachelet afirman que habiendo recibido el menor número de votos de cualquier presidente desde 1989, Bachelet carece de un mandato para implementar transformaciones radicales. Los simpatizantes estiman que el hecho de que la gente no votara activamente en contra de las promesas de una nueva Constitución, la reforma fiscal y la educación gratuita universal y de calidad para todos indica que el país está listo para seguir adelante con las reformas profundas.

Siendo el país con el más exitoso historial económico en las últimas dos décadas, Chile representa un enigma para muchos observadores. El país está claramente haciendo las cosas bien, excepto por la campaña de los candidatos en las promesas de transformaciones radicales. Aunque persisten los altos niveles de desigualdad, la pobreza ya no es un problema acuciante. Las demandas  de la gente por la educación gratuita han puesto al gobierno de Piñera contra la pared, pero esas demandas también constituyen una prueba innegable de que los chilenos se preocupan por cosas que deberían ser consideradas lujos en otros países de Latinoamérica.

El acceso gratuito a la educación pública de calidad se ha convertido en un símbolo de demanda para la inclusión social y reducción de la desigualdad. Si la educación es la mejor explicación de los ingresos a largo plazo y el puente al estatus de clase media, las demandas de educación son una reafirmación de que los chilenos quieren mantener el modelo económico favorable al mercado en su lugar. Ellos quieren mantener a la gallina de los huevos de oro, pero quieren que el gobierno se asegure de que los huevos de oro estén mejor distribuidos.

Desafortunadamente para Bachelet, la economía chilena se está desacelerando. El precio del cobre, la principal exportación de Chile, ha caído y es probable que continúe cayendo. Una economía de crecimiento lento generará un mayor desempleo y es probable que ejerza presión sobre el gobierno para aumentar el gasto social. Habrá buenos argumentos económicos para retrasar la aplicación de la reforma impositiva. La implementación de una reforma fiscal agresiva en momentos de una desaceleración económica podría de hecho matar a la gallina de los huevos de oro. Ya que los chilenos quieren una mejor distribución porque dan por sentado el crecimiento económico, la ansiedad será alta si la gente comienza a temer que la promesa de un estatus de clase media empiece a desaparecer.

De todas formas, la gente le pedirá cuentas a Bachelet por las promesas que hizo cuando fue candidata. Aunque anunció temprano su compromiso de ofrecer educación gratis para todos, muchos- incluyendo a los pobres que la apoyaron abrumadoramente el domingo - esperan que su vida cambie drásticamente cuando Bachelet asuma el cargo. Sin el lujo de una luna de miel, Bachelet estará en apuros por conseguir resultados rápidamente. Después de alimentar las expectativas y haciendo ambiciosas promesas sobre una nueva constitución, una reforma fiscal profunda para financiar programas sociales, una nueva reforma de las pensiones, una reforma de la salud y más mecanismos de democracia participativa, la presidenta electa Bachelet tendrá ahora que empezar a pagar todos los pagarés que emitió como candidata.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en el diario Buenos Aires Herald.

Traducción de Wanda Di Rosa y Hernán Alberro.

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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