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La interpelación de Manuel Cuesta Morúa
Por Luis Alberto Romero
18 de octubre de 2013
Luis Alberto Romero
(Diálogo Latino Cubano) La nueva valoración general de los derechos humanos -que tuvo en la Argentina una de sus expresiones más importantes- llevó a una condena generalizada de la violencia. El mito revolucionario y sus regímenes se midieron con un rasero diferente. ¿Había entonces llegado la hora de mirar a Cuba con el parámetro de los derechos humanos? Salvo excepciones, eso no ocurrió.
 
 

(Diálogo Latino Cubano) Desde hace  muchos años pregunto a mis alumnos de posgrado -jóvenes ya encaminados en la vida- si en su opinión la “revolución” es algo bueno o malo. La ambigüedad e imprecisión es deliberada. A lo largo de estas décadas la respuesta ha ido variando, desde “maravillosa” hasta “terrible”. Pero la respuesta que más adecuadamente refleja las ideas y sentimientos movilizados por la pregunta, fue: “me gusta, cuando es en otra parte”. Creo que expresa, de manera sintética y creíble, el distanciamiento entre una vida cotidiana regida por un conjunto de valores y expectativas, y aquel rincón de los sueños y de los ideales en el que la revolución convive, quizá, con la primera novia.

La justa y vigorosa interpelación de Manuel Cuesta Morúa  a los intelectuales democráticos y reformistas me recordó esa respuesta. La revolución ha sido la más poderosa utopía del siglo XX. La pasión revolucionaria enlaza a Francia en 1789, Rusia en 1917, China en 1949 y Cuba en 1959: momentos de encarnación del ideal, de aceleración de la historia y de contundente avance hacia su final feliz. Son revoluciones que rompen el ritmo regular de las cosas, imponen la voluntad del hombre sobre la mediocridad y la necesidad, y construyen el hombre nuevo. Se necesita un gran despliegue de razón para negarse al llamado de ese sueño.

Sin embargo, debe distinguirse dos cuestiones distintas: la revolución y el régimen que nace de ella, y que debe seguir llamándose revolucionario para legitimarse en aquella. Pues la revolución es un mito eterno, pero sus construcciones entran en el plano de lo humano. Quienes la viven perciben pronto la diferencia entre la utopía y su realización. La primera y más dura realidad es la convalidación moral y política del asesinato, pues para la revolución, en armas o en el gobierno, es legítimo y necesario acabar con sus enemigos, con los neutrales o con quienes no son suficientemente entusiastas.

Para quienes lo miran de lejos, es más fácil conservar la solidaridad con el ideal e ignorar los aspectos cuestionables de sus prácticas. La ilusión es un velo enormemente eficaz. F. Furet hizo su análisis en los intelectuales comunistas o simplemente anti fascistas de los años treinta y cuarenta, que mantuvieron su solidaridad con el “faro del socialismo” y a la vez defendieron la democracia occidental; que condenaron las atrocidades de Hitler pero ignoraron las de Stalin.

Desde 1959 la revolución cubana renovó el mito revolucionario y lo acercó a los latinoamericanos, con un agregado sustancial: la denuncia del imperialismo yanqui, pronto corroborada en Bahía Cochinos. En los años sesenta hubo muchos otros emergentes de la utopía revolucionaria, que potenciaron el ejemplo cubano. Cuba estuvo respaldada por un importante movimiento de opinión mundial, sustentado en destacados intelectuales y políticos, y por otra parte fue acompañada en América Latina por movimientos políticos armados, que encontraron en Cuba la clave para la acción.

Como la Unión Soviética antes, Cuba fue a la vez una utopía y un estado. Tempranamente, la institucionalización de la revolución y la consolidación de un régimen de modelo soviético sembró dudas entre las izquierdas democráticas y reformistas. En la Argentina, una experiencia como la elección de Alfredo Palacios en 1961, que en nombre de Cuba movilizó a todo el arco democrático y progresista, ya era inimaginable dos años después, aunque también era inimaginable que de allí surgiera una condena de Cuba. Ya había comenzado la hora de los revolucionarios, dependientes del apoyo militar, financiero y político de Cuba. El mito y el régimen pudieron seguir juntos en el imaginario progresista, pues en el campo contrario coincidían dos referentes fuertes: los Estados Unidos y las dictaduras militares. Ni siquiera algunos ejemplos de realpolitik cubana alcanzaron para afectar esa percepción.

La historia actual se inicia con el giro, relativamente reciente, hacia la democracia y los derechos humanos. En los años setenta ambas ideas eran consideradas antiguallas liberales. Lo mismo ocurría con el mandamiento “no matarás”, violado por fieles y sacerdotes en nombre de Cristo reencarnado. La nueva valoración general de los derechos humanos -que tuvo en la Argentina una de sus expresiones más importantes- llevó a una condena generalizada de la violencia. El mito revolucionario y sus regímenes se midieron con un rasero diferente.

¿Había entonces llegado la hora de mirar a Cuba con el parámetro de los derechos humanos? Salvo excepciones, eso no ocurrió. Quizá porque Cuba está lejos, y muy encerrada. Quizá porque esa capacidad de auto engaño, que Furet encontró en los intelectuales franceses, no es excepcional, y quien se lo propone puede no enterarse demasiado de lo que ocurre en la isla. Esto es común entre quienes en su juventud se enamoraron de la revolución cubana, y quieren salvar ese pequeño altar privado. Como los agnósticos que no quieren romper con la religión de sus padres, cumplen con lo mínimo del precepto: admirar las revoluciones en otros países, cuanto más lejanos mejor; festejar masivamente la visita de Fidel Castro, el hoy achacoso constructor y defensor del régimen represivo. Los intelectuales progresistas y democráticos no glorifican el régimen cubano pero lo excusan, como se excusó la guillotina jacobina con el “complot aristocrático”: el bloqueo norteamericano, las dificultades de la construcción del socialismo, la amenaza de alternativas peores...

No lo defienden, pero tampoco lo critican en público. Lo sacan del debate. En Buenos Aires, ya antes de que el chavismo y el kirchnerismo resucitaran los ideales setentistas, poca gente quería discutir públicamente la cuestión. Era tan peligroso y ominoso como discutir las intimidades de los padres. No se trataba de cuidar los fundamentos de sus creencias presentes, sino de algo más inefable: la propia historia, la identidad, la necesidad de demostrarse y de demostrar que, pese a todo, seguía vivo aquel joven idealista.

Creo que, en mayor o menor medida, la interpelación de Manuel Cuesta Morúa nos cabe a muchos, por acción o por omisión. Pocos son los que han hecho el difícil trabajo, emocional e intelectual, de tomar distancia del ideal juvenil y mirar el régimen cubano como lo que es, a la luz de los valores que hoy decimos asumir: una dictadura, y de las más duras. Es hora de hacerlo, por los cubanos y por nosotros.

Fuente: Diálogo Latino Cubano

 
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