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Los funerales de Castro, de Vicente Botín (Editorial Ariel, Barcelona, 2º edición, 2009)
Por Fernando J. Ruiz
13 de abril de 2010
Fernando J. Ruiz
De acuerdo al retrato de Botín, la dictadura está en una situación terminal, donde el descontento es generalizado, pero la alternativa a los Castro es todavía tan pequeña e imperceptible que la resignación finalmente gana la partida en la cabeza y el corazón de la gente.
 
 

Existe una biblioteca entera escrita por corresponsales que pasaron algunos años en Cuba, guardan para sí la mayor parte de lo que ven para evitar ser expulsados, y luego vuelcan vivencias y hechos que no pudieron filtrar desde La Habana. Y uno de los estantes más frondosos es el de los periodistas españoles. Entre los últimos estuvieron Cuba Roja, de Román Orozco, y un entretenido Y Dios entró en La Habana, del que nunca se supo si el título era por la visita del Papa, por Fidel Castro, o por la llegada a esa ciudad del autor del libro, Manuel Vázquez Montalbán.

Ahora Vicente Botín, después de pasar tres años como corresponsal de la profesional Televisión Española (TVE), escribe una buena radiografía para actualizarnos con toda esa casuística que se puede presentir de afuera, pero que desde dentro se vive con ese típico color cubano que lo hace más próximo, y permite sentirse un poco más cerca de ese sufrido pueblo.

El libro evita demasiado el yo del autor, algo que ya no se agradece tanto. La más eficaz combinación en una crónica periodística de un corresponsal es cuando se puede construir una voz que sea, por un lado, profesional y creíble, y por otro, personal, que vaya completando la pintura con las circunstancias y los registros del recorrido del autor por esos territorios.

De acuerdo al retrato de Botín, la dictadura está en una situación terminal, donde el descontento es generalizado, pero la alternativa a los Castro es todavía tan pequeña e imperceptible que la resignación finalmente gana la partida en la cabeza y el corazón de la gente. Este es el mismo retrato que han hecho todos los periodistas desde la caída del muro, desde aquel muy buen libro de Andrés Oppenheimer, La Hora Final de Castro. Pero la dictadura supuestamente noqueada nunca cae.

Ser una sociedad estática caracteriza la vida en la isla. Por ejemplo, el edificio más alto sigue siendo desde 1959 el Hotel Habana Libre. Pero esa inmovilidad no incluye la inmigración, que no se detiene. Los cubanos siguen arriesgando su vida en el mar. Existe un éxodo persistente, que se expresa en medio millón de personas que se fueron del país en la última década. Son seres humanos que huyen de la dictadura y también del subdesarrollo, y quieren recuperar la posibilidad de intentar cumplir sus proyectos de vida.

La salida legal es un calvario burocrático de resultado muy incierto. Por ejemplo, para el caso de un médico se requiere un mínimo de cinco años para tramitar la salida. Según los datos registrados por Botín, durante el 2008 llegaron a la Florida cinco mil cubanos por mar, pero 2.816 de ellos no llegaron a pisar la tierra estadounidense, por lo que fueron devueltos a Cuba por los guardacostas estadounidenses. En Cuba existe la tipificación como delito de la “salida ilegal del territorio nacional” y también de los “actos tendientes a salir del país”, como construir una balsa, por lo que esos balseros retornados sufren serios problemas con las autoridades en Cuba.

También están los ‘quedados’, que son diplomáticos, profesionales, deportistas, médicos, artistas, que piden asilo. La quedada más numerosa fue la que ocurrió en Las Vegas cuando los cuarenta y tres integrantes del Havana Night Club se asilaron en noviembre del 2004. Botín dice que en la isla circula que un cuarteto cubano es una orquesta sinfónica después de una gira por el extranjero. Es apasionante el relato de Botín sobre los quedaditos, que son los hijos, que viven en el exterior, de los principales dirigentes de la dictadura.

Fue antológica la respuesta de Ricardo Alarcón, uno de los principales referentes públicos del  régimen, a una inesperada pregunta en un encuentro estudiantil, sobre la libertad de viajar: “si todo el mundo, los seis mil millones de habitantes, pudieran viajar a donde quisieran, la trabazón que habría en los aires del planeta sería enorme; los que viajan realmente son una minoría”.

También el libro propone entender a la corrupción como una forma de resistencia frente a la dictadura política y económica. La arbitrariedad y el estatismo crónico encuentran en el engaño burocrático de los millones de cubanos su espacio de defensa personal. La creatividad personal para “resolver” los problemas cotidianos es el eje de la liberación de los cubanos, frente a un discurso público asfixiante. Botín relata, por ejemplo, la desesperada ocupación de las gasolineras por parte de la policía, para combatir el robo constante de gasolina, sobre el que ningún medio local informó.

Esas formas de resistencia son típicas de los regímenes autoritarios. “No iremos aunque digamos si. No estaremos aunque vayamos”, relata Botín que dicen los cubanos frente a la presión del régimen para simular la obediencia hacia el poder.

Desde el discurso oficial, el inmovilismo es crónico. Todo sigue siendo culpa de Estados Unidos: desde la epidemia del dengue hasta la censura en internet. El imperio es la gran excusa para justificar que un país lleva décadas viviendo en cámara lenta. Sus edificios se desmoronan, sus autos de museo también, su transporte público se va colapsando, la disponibilidad de alimentos y medicinas es mínima.

Lo notable es que un gobierno que propuso construir una sociedad igualitaria, ha logrado que esa sociedad tenga una inusual vocación por la diferencia. Los “vanguardia nacional” son personas privilegiadas en forma ocasional o permanente y eso contribuye a generar una cultura de la diferencia más radical que la que se puede vivir en una sociedad con libre disponibilidad de bienes y servicios, donde la diferencia entre las personas es el paisaje corriente. En Cuba, cualquier ínfima diferencia social es percibida y desata una cultura consumista radical por los más insignificantes bienes y servicios que uno pudiese imaginar.

¿Cómo es posible que un gobierno que vino para terminar con la dictadura y la prostitución las haya profundizado a niveles extremos, ostentando además un discurso moral e igualitario?

Por eso es oportuna la cita que eligió Botín del libro clásico 1984, de George Orwell: “no se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura”.

Fernando J. Ruiz es Profesor de Periodismo y Democracia de la Universidad Austral (Buenos Aires, Argentina).

Acerca del autor
Fernando J. Ruiz
Fernando J. Ruiz
Profesor e investigador tiempo completo de Periodismo y Democracia e Historia de la Comunicación en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral (Argentina). Doctor en Comunicación Pública por la Universidad de Navarra y Licenciado en Ciencias Políticas, Universidad Católica Argentina (UCA). Es autor de los libros “Las palabras son acciones: historia política y profesional del diario La Opinión de Jacobo Timerman, 1971-77”, “Otra grieta en la pared: informe y testimonios de la nueva prensa cubana”, “El señor de los mercados. Ambito Financiero, la City y el poder del periodismo económico”. Es vicepresidente del Foro de Periodismo Argentino (Fopea).
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