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Che Guevara: los íconos de la izquierda no cometen crímenes, solo «errores»
Por Eugenio Kvaternik
22 de octubre de 2017
Eugenio Kvaternik
(Infobae) El gran historiador suizo Jacobo Burckhardt vaticinó que el futuro nos depararía dictaduras militares que se llamarían republicanas. Lo hemos vivido y sufrido en América Latina. Lo que no previó es que esto sucedería en respuesta a mitos y fenómenos como el del Che, que pregonan una ideario libertario, que se acuna en la violencia y descree de las instituciones libres.
 
 

(Infobae) Se cumplen 50 años de la muerte del Che Guevara. De mortuis nihil nisi bene. "De los muertos solo se debe hablar bien", dice el adagio latino. Máxima piadosa válida para la historia de las personas privadas, no se aplica a los protagonistas de la historia colectiva. A pesar de que el Che es un protagonista público, su mito se beneficia de una variación del adagio latino.

Parafraseando la famosa boutade de Talleyrand, pero con una intención diferente a la de su autor, la izquierda nos hace saber que sus íconos no cometen crímenes, solo cometen errores.

Los fusilamientos masivos que tuvieron lugar en los inicios del castrismo y de los cuales Guevara es un responsable no menor (y que se justificaban entonces como un imperativo de la necesidad histórica) se disculpan y banalizan hoy como un accidente de trabajo.

Su mito ha generado dos manifestaciones tan opuestas y contradictorias entre sí como son la moda y el culto. La moda lo convierte en logo de remera, en un objeto de consumo; y el culto en un objeto de veneración. No se trata, sin embargo, de un culto que proceda de una revelación: a diferencia de Cristo, el Che no resucitó.

Al revés del paganismo premoderno, que preservaba la identidad de los dioses, la posmodernidad fomenta un politeísmo casi discepoliano en el que un culto puede ser fácilmente una moda, y una moda puede convertirse rápidamente en un culto. Esto explica, en parte, por qué el mito del Che se instala y perdura con tanto éxito en la así llamada posmodernidad. Pero este no es el único motivo. La insurgencia es una guerra asimétrica, en la cual el insurgente que desafía al Estado es inicialmente como la historia de David frente al Goliat: si triunfa como Fidel Castro, es objeto de admiración; si es derrotado como el Che en Bolivia, la posteridad, como en los partidos de fútbol, se inclina por el más débil.

El destino del Che Guevara muestra paralelos con el de León Trotsky. Además de su adhesión a la revolución y el marxismo, los emparenta su destino personal. Uno asesinado en México por encargo de Stalin, y el otro derrotado y pasado por las armas por el ejército boliviano. Uno y otro acabaron siendo prisioneros de una contradicción no dialéctica que, al carecer de superación, culmina en una paradoja.

Trotsky creía en la espontaneidad revolucionaria de las masas como palanca necesaria y suficiente de la revolución. Una vez en el poder, tuvo que reconocer la importancia del partido, no tanto para hacer la revolución, sino para construir el régimen soviético. Esa contradicción no resuelta le costó primero el poder y luego la vida. Stalin, gran criminal y, a la vez, gran hombre de Estado, logró esa síntesis entre las masas y el partido que se le escapó al creador del Ejército Rojo. Discípulo aventajado de Lenin, desplazó a Trotsky del manejo del partido y comprendió también mejor que él los resortes de la política de masas. Trotsky apostó a la espontaneidad, Stalin a la manipulación.

Guevara creía que la revolución y su instrumento especifico, la violencia, no tenían futuro en los países con régimen y cultura democrática. Son famosas al respecto sus divergencias con los Tupamaros, que sostenían precisamente lo contrario. De esta forma, hacía suyo el viejo principio del sentido común marxista según el cual la revolución solo es posible si existen condiciones objetivas.

Su lucidez en este punto específico no le impidió propagar el catecismo del foco revolucionario llevándolo a un faux pas lógico y político. Al sostener que la voluntad del sujeto podía soslayar las condiciones objetivas se ilusionó con una nueva forma de revolución permanente: podía tener lugar en cualquier momento y en cualquier parte, siempre que el revolucionario se lo propusiese. Como en un juicio de un dios medieval, su muerte reveló, en cambio, que el foquismo era una utopía y una ucronía: un proyecto ajeno al espacio político y al tiempo histórico. Tocqueville definió con certeza al espíritu revolucionario como una mezcla de ilegalidad y violencia. En la Revolución Francesa, su manifestación emblemática había sido el jacobinismo, pero también el golpe de Estado de Napoleon lll.

Cuba ya no exporta la revolución en América Latina y África como lo hacía durante la guerra fría, pero no renuncia, sin embargo, a su condición de albacea del espíritu revolucionario.

Lejos del ardor casi juvenil del Che que profetizó uno, varios, muchos Vietnam, los hermanos Castro disfrutan en su senectud de la compañía de uno, varios, muchos populismos. Así como no es casualidad que Chávez viera en Fidel Castro a su inspirador, tampoco es casual que los hermanos Castro vieran en Chávez a su continuador. El castrismo y el foquismo se prolongan en el bonapartismo chavista. La revolución bolivariana termina como comenzó la cubana: ejecutando opositores. Ambas confirman lo que ya había advertido Hayek: el socialismo mata.

Muchos marxistas, de Harnecker a Laclau, que iniciaron una travesía incierta que los llevó del partido leninista al foco, terminaron finalmente por amarrar en el puerto, en apariencia más seguro, del populismo. Su periplo rememora en parte la teoría de clásica de los ciclos de régimen. Para algunos de sus teóricos, Platón por ejemplo, los regímenes se suceden y los posteriores son peores a los que los preceden. En su versión marxo-populista en cambio, no sabemos si los mejores preceden a los peores, o si todos son igualmente malos.

El kirchnerismo, última manifestación del espíritu revolucionario, entronizó a Néstor Kirchner, a Hugo Chávez y al Che en la Casa Rosada. Pero ese tributo no es, entre nosotros, exclusivo de las fuerzas políticas que reivindican la acción revolucionaria. Es decir, que no respetan la legalidad y recurren en forma explícita o embozada a la fuerza. También fuerzas democráticas como la coalición socialista-radical que gobierna la provincia de Santa Fe, haciendo eco del espíritu del siglo, erigieron hace ya casi diez años una estatua conmemorativa del Che en la ciudad de Rosario. Kirchner y Chávez han sido desalojados de la Galería de los Patriotas por el actual gobierno, no así el Che Guevara. El Gobierno, sea por desidia, indiferencia o temor, contribuye así a que, lejos de extinguirse, el espíritu revolucionario a lo sumo se encapsule.

En tiempos donde parece despuntar el anhelo de tener un país normal, está visto que la nostalgia de la revolución no nos abandona. Un observador neutral que dirige su mirada al pasado y observa que el Che, obligado a dejar Cuba por sus disidencias con Fidel, confirma el viejo dicho de que la revolución, como el dios Saturno, se come a sus hijos. En este caso da igual si en lugar de comérselos, los expulsa. Al observar el presente, en cambio, no dejaría de sorprenderse al ver que, de un modo misterioso, su fracaso en Congo y Bolivia parece confirmar un célebre aforismo de los franceses, según el cual no hay nada que tenga más éxito que el fracaso. A fines del siglo XIX, el gran historiador suizo Jacobo Burckhardt vaticinó que el futuro nos depararía dictaduras militares que se llamarían republicanas. Lo hemos vivido y sufrido en América Latina. Lo que Burckhardt no previó es que esto sucedería en respuesta a mitos y fenómenos como el del Che, que pregonan una ideario libertario, que se acuna en la violencia y descree de las instituciones libres.

Fuente: Infobae (Buenos Aires, Argentina)

Acerca del autor
Eugenio Kvaternik
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Eugenio Kvaternik es politólogo y profesor universitario.
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