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Ética versus eficiencia
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
8 de agosto de 2017
Patricio Navia
(El Líbero) Para Carolina Goic, la apuesta de convertirse en la candidata de la probidad implica más riesgos que potenciales beneficios. El camino de la candidatura incorruptible está sembrado de trampas. Hay que estar dispuesto a pasar una prueba de blancura que ninguna persona que buscado financiamiento para una campaña electoral puede pasar. La presidenciable DC está invitando un escrutinio que, de hacerse, sólo revelará lo que todo candidato sabe: nadie está libre de pecado.
 
 

(El Líbero) Si a los chilenos les importara que sus políticos fueran intachables, los partidos no necesitarían debatir sobre la conveniencia de presentar candidatos que han sido cuestionados por faltas a la ética o a la probidad. Los propios electores se encargarían de castigar a los políticos cuestionados.

Pero al elegir a sus autoridades, la gente considera varios aspectos de los candidatos. Además de la probidad, la gente quiere políticos que sean capaces de hacer bien el trabajo, que compartan una visión de mundo con sus electores y que propongan una hoja de ruta más atractiva que sus rivales. De hecho, si lo único que puede ofrecer un partido es un libro de vida intachable, ese partido debiera postularse para la santidad, no para una elección política.

La decisión de la candidata presidencial del PDC, la senadora Carolina Goic, de convertir a la probidad en su principal bandera de lucha constituye un error conceptual respecto de cuál debe ser el objetivo de una campaña, y es una estrategia equivocada para un partido cuya exitosa historia no está libre de faltas a la probidad y a la ética. Porque la política es a la democracia lo que la sala de emergencia es a la medicina, los candidatos y los partidos debieran entender que los buenos políticos —igual que los doctores en la sala de emergencia— tienen sus delantales manchados de sangre.

La decisión de Goic de tomar la probidad como su caballito de batalla respondió a un cálculo electoral. Después de todo, en sus ocho años como diputada y cuatro como senadora, ella nunca fue un paladín de la lucha contra la corrupción o las faltas a la ética. Hace unas semanas, su aventura presidencial estaba moribunda, porque ni la candidata tiene carisma ni su mensaje resonaba con los deseos y demandas de los chilenos.

El affaire de Ricardo Rincón le permitió a Goic tomar una bandera que la ayudara a hacer conocidas sus aspiraciones. Pero la apuesta de convertirse en la candidata de la probidad implica más riesgos que potenciales beneficios. El camino de la candidatura incorruptible está sembrado de trampas. Primero, el candidato debe estar dispuesto a pasar una prueba de blancura que ninguna persona que haya tenido que buscar financiamiento para una campaña electoral puede pasar. Porque la ley en Chile estaba hecha para que fuera imposible postular sin saltarse algunas reglas, Goic está invitando un escrutinio que, de hacerse, sólo revelará lo que todo candidato sabe: nadie está libre de pecado.

Segundo, el partido tampoco ayuda. Goic es la candidata de una tienda que controló la Presidencia de Chile por 10 años y que ha sido parte de la coalición de gobierno por 24 de los últimos 28 años. Prominentes líderes del PDC han estado involucrados en varios escándalos de corrupción, y aunque el partido ha hecho una gran contribución a la democracia chilena, su trayectoria no está exenta de polémicas, negociados y acuerdos de los que nadie se puede sentir orgulloso. Como todos los partidos, el PDC tiene techado de vidrio. Al sugerir que ahora las cosas se harán de otra forma, Goic se ve obligada a cortar cabezas en su tienda y a iniciar una cacería de brujas que —como siempre ocurre— terminará volviéndose en su contra.

Tercero, Goic no fijó el nuevo estándar que exigirá a los candidatos. La ambigüedad de sus declaraciones alimenta especulaciones sobre qué legisladores en ejercicio y cuáles candidatos serán vetados. Además de Rincón, ¿será vetado también el diputado Marcelo Chávez, que chocó en estado de ebriedad y huyó del lugar, o la candidata Marcela Labraña, directora del Sename cuando estalló el escándalo de los niños muertos en hogares del servicio? ¿Y qué hay de los legisladores PDC que se comprometieron con el programa de gobierno de Bachelet como candidatos, pero lo abandonaron una vez electos? ¿Son condenables también esas vueltas de carnero? Como Goic no ha dicho nada, sea cual sea el criterio final habrá decepción, porque siempre hay voces que piden más pureza.

Pero la estrategia de Goic también es equivocada porque confunde lo que la gente quiere. Si los políticos fueran santos, estarían en el Cielo, no en el hemiciclo del Congreso. La gente entiende eso. Si bien aspiran a que sus líderes sean correctos, los chilenos también quieren líderes eficientes que sean capaces de hacer su trabajo y cumplir sus promesas. La gente tolera que el chofer se pase un semáforo en rojo si no viene nadie por la otra calle y hay apuro. De igual forma, la gente valora más a un político que produce buenos resultados —aunque no tenga el comportamiento más admirable— que a uno incuestionablemente probo que resulta ser un inútil haciendo el trabajo.

Así, entre un político carismático y capaz, pero con manchas en su expediente, y otro probo, pero poco atractivo e incapaz, la gente le dará menos importancia a la ética. Por todo esto, da la impresión de que el camino que tomó Goic no es el más adecuado para optimizar sus chances de llegar a La Moneda ni el más consecuente para un político que promete decir siempre la verdad.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

Twitter: @patricionavia
Acerca del autor
Patricio Navia
Patricio Navia
Doctor en ciencias políticas (New York University). Anteriormente obtuvo un master en la misma disciplina de la Universidad de Chicago y una licenciatura en ciencias políticas y sociología de la Universidad de Illinois. Es master teacher of global studies en el General Studies Program y profesor adjunto del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe de New York University. En Chile, es profesor de ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Diego Portales. Es autor de varios libros, entre ellos el best seller “Las grandes alamedas. El Chile post Pinochet” (Mondadori, 2004).
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